Las bicicletas son para el verano, dicen. Y las historias más inspiradoras, también. En un solsticio que ha irrumpido con la fuerza de un cuerpo celeste, el calor ha llegado a las calles de Madrid para quedarse un tiempo.
La ciudad ha comenzado a tener una vida abrumadoramente activa, y quizá por eso, en nuestra visita, el restaurante Banibanoo estaba lleno hasta la bandera pasadas las cuatro de la tarde. El local, que formaba parte del Refugee Food Festival que tuvo lugar entre el 19 y el 24 de junio, estaba tan lleno que a periodistas y fotógrafos nos tocó ser pacientes hasta que la chef tuviera un hueco. La iniciativa promovida por ACNUR y Madrid for Refugees había sido un éxito.
Samira A. en primer lugar junto a Malak Zungi, de Madrid for Refugees. (Ana Vicente)
Las tejas se doblaban ante su paso decidido por encima del mundo que le rodea. Su garganta resonaba como un altavoz en llamas que trata de controlar su desmesurada fuerza. El vacío no se encuentra sino lleno de dudas que no se atreven a ser resueltas; pero cuando la niebla se desvanece, surge un camino, unas rayas que juegan a ser un paso de cebra en un asfalto abandonado. Esa pulsera, que en otro momento lucía orgullosa una frase de empoderamiento, tenía sus letras borradas tras el desgaste de tantas batallas sin resolver, batallas que se entablan sin llegar a ningún lado, batallas que incluyen el silencio como derrota.